El populismo funciona de una manera muy sencilla: El individuo le entrega todo su poder al líder para que éste, a su vez, le otorgue el poder que él no tiene capacidad de encontrar en sí mismo.

El populismo es autoritario. No acepta la crítica ni la competencia política, socava los contrapesos de la democracia, centraliza el poder en la visión unilateral y enferma de un solo hombre, que limita las libertades de todos.

Es personalísimo. Se acabó la diversidad y la distribución del poder, el que manda es el populista mediante la ilusión de que interpreta la santa y pura voluntad de los buenos. Ese rito se ejerce todos los días.

El populista es monoteísta y él es el dios.

Es nostálgico. Se justifica con un gran mito como salvar a la república y retornar a los valores idealizados de la nación, la familia o la sociedad que ya no existen y nunca existieron, pero que se ven bonitos en una nueva bandera y suenan armónicos en un nuevo himno colectivo.

Es simplista. Ofrece soluciones mágicas a problemas complejos y las mercadea con emociones fuertes de temor o de deseo.

Es divisorio. Divide a la población entre creyentes y ateos, amigos y enemigos, patriotas y traidores. No hay matices y por ende, comprensión, compasión o tolerancia.

Es ineficaz e irracional. No cree en el mérito, la ciencia y los resultados. Sustituye instituciones, el método y la capacidad por sumisión y adoración.

Es violento. Se basa en la fuerza no en el poder. La ira es una energía poderosa. El líder enarbola y provoca violencia. Si la ira se acaba, el populista se cae.

El populismo no es nuevo, es una patología de la democracia. Pero, si el patógeno es el líder populista, el desequilibrio original se ubica en la sociedad. ¿Por qué las sociedades acepta el engaño y le otorga tanto poder a un líder? Estas son algunas causas comunes que originan el neo-populismo:

Problemas económicos estructurales sin solución fácil, provocados por la competencia internacional, la era de la información o la dinámica propia de un mercado. Si no los hay, entonces se explota la idea de que el desarrollo no es equitativo ni justo.

Mal gobierno que no logra garantizar lo mínimo, como la seguridad, la libertad y la justicia, ni demostrar su probidad o eficacia en sus demás tareas. Paradójicamente, algunas sociedades exigen mayor intervención gubernamental aunque el gobierno sea corrupto e ineficaz; un cambio de compadres para acabar con los compadres de antes.

Falta de representatividad por el sistema, el gobierno o los partidos tradicionales. El ciudadano se percibe como víctima y eso le da derecho a la venganza. No contra todos quizá, pero sí contra hermanos, primos o vecinos más exitosos. Con eso hay.

Mini-identidad y polarización por redes sociales. Juego de espejos: “Solo veo lo que me es afín y pienso que lo que veo es la mayoría”. El algoritmo lo confirma y el eco incrementa la resonancia.

Fatalismo, pesimismo y resentimiento. Perspectiva negativa, fatalista y extrema de la realidad. “Todos los políticos son corruptos, todos los medios son mentirosos y vendidos, se han perdido los valores esenciales, necesitamos refundar la república, todos los ricos son ladrones, todos los empresarios son explotadores, los migrantes nos van a destruir”. Todo esto cocinado en conspiraciones de élites misteriosas y perversas de la mafia del poder a la George Soros.

El individuo cambia la razón por la superstición, deja de tolerar la incertidumbre y hace una apuesta fatal: Le entrega todo su poder a un líder a cambio de que regrese el orden a un mundo que le es caótico. Le entrega su poder al líder para que el líder, a su vez, le otorgue el poder que no tiene capacidad de encontrar en sí mismo.

Por la razón que sea, real o ficticia, personal o colectiva, pragmática o ideática, el ciudadano es seducido por una nueva identidad llena de enemigos y batallas que le dan sentido a su vida.

 

Algunas sugerencias de antídotos son:

1) limitar al líder populista con ideas, alianzas, medios, redes y votos;

2) minimizar al gobierno y fortalecer a la sociedad;

3) incrementar la competencia política y económica en todos los frentes;

4) mejorar al sistema judicial;

5) sujetar a todos los políticos y funcionarios a la rendición de cuentas;

6) fortalecer la participación política de la sociedad;

7) incorporar nuevas voces;

8) rebatir las ideas extremas, fatalistas, simplistas, falsas e intolerantes.

9) atender los desequilibrios sociales y económicos

 

La vacuna al populismo no es ni sexy, ni inmediata, ni sencilla. Es la defensa de la libertad y de la razón hasta que se crea inmunidad de grupo. No es fácil porque a veces se siente como defender a una víctima de la violencia familiar a sabiendas de que la víctima defiende a su agresor.

El camino exige paciencia, tolerancia, persistencia, optimismo y buen humor, y aunque lo primero es limitar al patógeno, no debemos perder la causa original de la enfermedad.

 

Santiago Roel R.

sroel@me.com